Santos Proto y Jacinto, mártires


Durante casi 1,600 años, una pequeña tumba permaneció escondida bajo tierra, en una antigua necrópolis romana. Nadie imaginaba que, al ser descubierta, guardaría los restos de uno de los primeros mártires.
El 21 de marzo de 1845, el jesuita y arqueólogo Giuseppe Marchi encontró una inscripción latina que decía: «Jacinto mártir, sepultado el 11 de septiembre». Poco después apareció la tumba intacta. En su interior estaban los huesos calcinados de san Jacinto, envueltos en una fina tela. El examen de los restos confirmó huellas de quemaduras, lo que coincide con la antigua tradición de que fue martirizado con fuego.
De san Proto y san Jacinto conocemos con certeza muy poco: sus nombres, el lugar de su sepultura y la fecha de su muerte, el 11 de septiembre. También sabemos que su culto es muy antiguo y que ya eran venerados en Roma desde los primeros siglos. El papa san Dámaso, en el siglo IV, les dedicó un epitafio y los llamó hermanos.
Según la tradición, eran hermanos y esclavos cristianos que ayudaron a transmitir la fe y terminaron dando la vida por Cristo. Aunque algunos detalles de esta historia pertenecen a la tradición piadosa y no pueden comprobarse históricamente, su martirio y su antigua veneración sí están documentados.
Hoy, los restos de san Jacinto se conservan en Roma. Quizá lo más impresionante no sea solamente haber encontrado una tumba después de tantos siglos, sino descubrir que la memoria de aquellos cristianos permaneció viva.
